La Nación: Tulipanes: el lujo vivo y efímero que atrae turistas y dinamiza la economía
06/09/2026
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Esta flor llegó a los Países Bajos a finales del siglo XVI y desató una tulipomanía entre la aristocracia de aquel entonces
Como muchos sábados, caminé hasta el florista de la estación. Hay dos vendedores enfrentados; en realidad, uno de cada lado de la calle. Hacia el río, un negocio con las flores dispuestas en altos baldes en la vereda y en el interior. Del otro lado, junto a las vías del tren y en lo que podría haber sido una de las tantas casitas del ferrocarril que aún sobreviven cercanas a las estaciones del tren Mitre, está mi florista. Comparte también parte del terreno con un improvisado vivero que suele tener lo que necesita el jardinero amateur: cierta variedad de flores, tierra fértil, abonos, plantas de interior colgadas del techo y una limitada oferta de macetas. Todo como para salir de un apuro sin problemas, aunque no lo suficiente como para montar un jardín completo ni conseguir las codiciadas herbáceas, tan de moda en los jardines de hoy.Qué dicen los expertos. Por qué ciertos espacios calman y otros irritanMi florista amigo tiene dispuestos sus ramos ya armados y cuando estoy con poco tiempo suelo elegir de ahí, generalmente por colores y cuidando de no llevar flores peligrosas para mis gatos. Él me sigue de cerca y me va recitando los precios, que varían de acuerdo con la circunferencia del ramo o la presencia de ciertas flores como lirios o marimonias, que se venden por vara y ya dos o tres llegan al número de un ramo completo.Como cada vez que voy, separa algunas flores que ya no están para la venta, las envuelve en un ramo pequeño y me las regala. Esta vez fueron cuatro tulipanes blancos aún sin abrir que puse en dos pequeños floreros individuales y fueron un gran centro de mesa para la comida de esa noche. Con más tiempo los hubiese combinado con otras flores, como lo hacen tan hábilmente los holandeses en sus arreglos, aunque dada su historia centenaria bien merecen lucirse solos.Los tulipanes arribaron a los Países Bajos a finales del siglo XVI, cuando el país vivía su siglo de oro gracias al comercio marítimo. Habían llegado desde las cortes otomanas y nadie sospechaba que aquella flor de las estepas de Asia Central, con sus pétalos de seda y su geometría perfecta, iba a desatar la primera gran fiebre moderna del deseo. El botánico renacentista Carolus Clusius plantó unos bulbos exóticos en el jardín de la Universidad de Leiden, donde residía: 1594 marcó el primer registro de un tulipán floreciendo en los Países Bajos. En una república calvinista con cierta devoción por la sobriedad, la flor irrumpió como una insolencia estética: un lujo vivo, aristocrático y efímero (eso sí), pero que cualquier burgués ávido de prestigio soñaba con plantar en su jardín.El verdadero delirio, sin embargo, no lo provocó la naturaleza en su estado puro, es decir, un tulipán hecho y derecho, sino más bien una exquisita patología. Las variedades más codiciadas, como el mítico Semper Augustus, no eran el milagro de un cruce botánico virtuoso, sino la obra silenciosa del virus del mosaico del tulipán que era transmitido por pulgones y quebraba la pigmentación uniforme en llamaradas electrizantes. ¿El resultado? Una belleza marmolada, pero que atrofiaba la planta y volvía lentísima y dificultosa su descendencia; los coleccionistas pagaban auténticos despropósitos por esta flor condenada. Fascinados por el enigma botánico, los cultivadores ensayaban toda clase de alquimias para forzar el quiebre de los bulbos y acercarse al marmolado: regaban los canteros con excremento de paloma, yeso molido, pigmentos en polvo y hasta agua sucia del lavado, o injertaban bulbos sanos con enfermos, intuyendo una transmisión que la ciencia recién descifraría siglos después. Las variedades veteadas según el capricho del virus recibían nombres como si fuesen ilustres familias: los Rosen, donde el carmín y el rosa se deshilachaban sobre fondo blanco; los Bijbloemen, de trazos violáceos y púrpura oscuro; y los codiciadísimos Bizarres, con llamaradas marrones o escarlatas ardiendo sobre una base amarilla. Cada uno un lienzo irrepetible donde el anverso y el reverso del pétalo exhibían dibujos distintos.Para la década de 1630, la fascinación estética mutó en pura especulación. En las tabernas de Haarlem y Ámsterdam nació el célebre windhandel —el comercio de viento—: contratos de futuros sobre bulbos que todavía dormían bajo la tierra helada de invierno y que cambiaban de dueño decenas de veces aun antes de brotar. Se llegaron a cambiar carruajes, toneladas de queso, rebaños enteros y hasta mansiones señoriales frente a los canales por el derecho sobre una única raíz. El valor ya no residía en la botánica, sino en el vértigo abstracto de un papel que prometía multiplicar la fortuna al ritmo de una ilusión colectiva. ¡Con lo lenta e impredecible que suele ser la jardinería!El encanto se quebró un día de febrero de 1637 en Haarlem, cuando en una subasta habitual los compradores sencillamente no aparecieron. El pánico contagió a toda la red de comerciantes. Aunque la historiografía moderna demostró que el colapso no dinamitó la economía del país ni arruinó a la nación como pregonaban los panfletos moralizantes de la época, la tulipomanía quedó grabada para siempre como una parábola insuperable de las pasiones humanas: ese instante absurdo y fascinante en el que el mundo estuvo dispuesto a empeñar la cordura por el milagro fugaz de unos pétalos.En mi mesa de comedor, aún en sus floreritos individuales, esta mañana los tulipanes blancos se han abierto por completo. Debo decir que no pierden su encanto, aunque sí, tal vez, un poco de su identidad. Ya no son los mismos. Veremos cuántos días más sobreviven, aunque siempre les estaré agradecida por ponerme estas historias sobre la mesa.
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