La Nación: Devórame otra vez: de Darwin al presente, las plantas carnívoras siguen revelándose como un prodigio natural
23/08/2026
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Una de las razones por las que estas especies habitan la imaginación infantil tiene que ver con que parecen salidas de la ciencia ficción
Entre todos los miedos reales de los que estuvo teñida mi niñez, había dos que se colaban en mis fantasías nocturnas: las arenas movedizas y las plantas carnívoras. Con las primeras, el temor parecía tan tangible que cualquiera diría que era solo cuestión de salir al jardín para ser lentamente devorado por un fango hambriento en el que me hundiría sin remedio. Lo habíamos visto con Maxwell Smart, la 99 y el Jefe, que finalmente se las ingeniaban para salir; Gilligan rescató al Capitán de un pozo traicionero, y estoy segura de que Scooby-Doo, Shaggy, Vilma, Fred y Daphne se toparon con ellas más de una vez. El recurso fue tan habitual en el cine y las series de la época que, según un entusiasta cinéfilo, las arenas movedizas aparecieron en casi el 3 % de todas las producciones de la década de 1960. Ese peligro se prolongó un par de décadas más en escenas inolvidables de La historia sin fin o la saga Indiana Jones. El mensaje con el que crecimos fue claro: ¡un paso en falso y te esperaba un final lento y asfixiante!Nostalgia con gusto a caramelo: cómo el dulce se independizó de la medicina para convertirse en placerEn la playa, sobre la orilla, me gustaba separar los pies, dejar que la ola los cubriera y se retirara con fuerza, arrastrando esa arena escurridiza bajo las plantas y dándome la sensación de que me tragaría la tierra si no los levantaba a tiempo. ¿Se sentirían así las arenas movedizas? ¿O más bien como la huella honda que dejaban los tractores en los caminos rurales después de una lluvia copiosa, con un barro tan espeso que era capaz de chuparse una de mis botas Pampero?Y después estaban las plantas carnívoras, claro… No importaba que las de verdad solo comieran bichitos: en nuestra mente bien podía existir una lo suficientemente grande como para devorarnos. Morticia Addams, en la serie clásica, tenía como mascota a Cleopatra, una planta estranguladora africana. La enorme atrapamoscas era tratada como un perrito faldero: respondía a órdenes, devoraba con entusiasmo pedazos de carne cruda directamente de la mano y envolvía juguetonamente a los invitados desprevenidos con sus tentáculos. En otro episodio animado, Shaggy y Scooby terminaban cuidando el invernadero de una mansión y, por accidente, le convidaban una Scooby-galleta a un lirio blanco gigante, desatando una mutación que lo transformaba en un monstruo carnívoro. Ni hablar de la Audrey II de La tiendita del horror.Quizás una de las razones por las que estas especies habitan la imaginación infantil tiene que ver con que parecen salidas de la ciencia ficción. Pero Charles Darwin estaba profundamente fascinado con ellas. Las descubrió de manera casual en 1860, durante unas vacaciones en Sussex: se entretuvo observando una pequeña drosera y quedó hipnotizado al comprobar que sus hojas no solo atrapaban insectos, sino que reaccionaban con extrema sensibilidad ante diminutas sustancias nitrogenadas. Experimentó con ellas durante años hasta llegar a insinuar que se trataba casi de “un animal disfrazado”. Su esposa, Emma, comentaba en una carta: “Charles es muy propenso a la ansiedad, como bien sabes, y sus diversos experimentos de este verano han sido una gran bendición para él […]. Actualmente, trata a la drosera como si fuera un ser vivo y supongo que espera acabar demostrando que es un animal”.Darwin tenía motivos de sobra para su obsesión: alimentarse de presas vivas permite a una planta colonizar suelos pobres en nutrientes y sobrevivir en hábitats hostiles, una proeza evolutiva extraordinaria. En su célebre tratado de 1875, Plantas insectívoras, Darwin demostró el mecanismo de varias especies, pero dejó planteadas sospechas sobre otras que no pudo corroborar por las limitaciones técnicas de su época. Una de sus grandes intuiciones apuntaba al género Saxifraga. Para declarar formalmente carnívora a una planta no basta con que atrape insectos: la ciencia exige probar que la especie los captura activamente, segrega enzimas digestivas propias y absorbe los nutrientes resultantes.Más de un siglo y medio después, un equipo internacional de botánicos decidió poner a prueba aquella hipótesis sobre la saxifraga candelabrum, una planta que crece en los acantilados del suroeste de China. Los hallazgos, publicados en agosto de 2026 en la prestigiosa Nature Communications, le dieron la razón definitiva al naturalista británico: la especie produce enzimas que descomponen a los insectos atrapados en sus pelos glandulares y absorbe activamente su nitrógeno.Lejos de los monstruos de mis pesadillas infantiles, estas plantas despliegan una ingeniería botánica fascinante y precisa. Para no devorar a los mismos polinizadores que garantizan su supervivencia, han desarrollado ingeniosas soluciones. Algunas elevan sus flores en tallos muy altos (al alcance de abejas y mariposas), bien lejos de las trampas pegajosas del suelo (ideales para los rastreros). O tienen flores que emiten fragancias: un aroma dulce a néctar arriba, y olor a descomposición para tentar a las moscas. Hablan dos idiomas secretos a la vez. Ya no me desvelan sus peligros ficticios; hoy solo me cautiva el asombro de entender cómo la naturaleza supera, una vez más, cualquiera de mis fantasías.
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