La Nación: Máquinas del tiempo
07/01/2026
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En el primer tomo de En busca del tiempo perdido, del novelista francés Marcel Proust, el narrador vive una epifanía al mojar una magdalena en el té. El sabor lo devuelve, sin aviso, a su infancia en Combray y a las meriendas familiares.Para viajar al pasado, descubrí, necesito platos más contundentes. En mi caso, los mostacholes con tuco que mi abuela favorita -no seamos hipócritas: todos teníamos una- cocinaba cada fin de semana, cuando yo la visitaba.Un solo bocado alcanza para devolverme a la entrada de su casa de Cutral-Có, donde siempre me recibía con un abrazo, al patio enorme que recorríamos en los domingos quietos, a la vieja televisión de tubo en la que mirábamos el noticiero y películas clásicas.De adulto intenté copiar su receta: preparar los ajos como ella, usar la misma cantidad de laurel, renunciar a condimentos que no tenían lugar en su cocina. Nunca lo logré. Replicar esos sabores es imposible, pienso, porque también es imposible replicarla a ella.Sigo cocinando los mostacholes, de todos modos. Descubrí que cada intento -incluso los fallidos- me lleva igual a esa casa. Como un auto algo destartalado que avanza lenta y ruidosamente por una ruta. No es perfecto, pero llega a destino.
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